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Capítulo 3: La propuesta 

La piscina central, iluminada por luces azuladas que danzaban como reflejos de un sueño roto, aún resonaba con el eco del caos reciente. Leonela había sido rescatada por Enrique. Su camisa blanca, pegada al torso por el agua, revelaba una fuerza que contrastaba con su aparente papel de mesero. Los invitados los observaban desde los alrededores; los murmullos se entretejían con la música lejana. Algunos alzaban las cejas con admiración, otros con envidia, pero todos permanecían cautivados por la pareja que, en medio del escándalo, parecía desafiar al mundo entero.

Leonela miró a Enrique con una mezcla de alivio y asombro. El corazón le latía al ritmo de una melodía que no podía nombrar.

—Me salvaste —susurró. 

La voz le salió temblorosa, pero cargada de gratitud. Los ojos le brillaban como si las luces del hotel se reflejaran solo en ellos.

—No podía dejar que mi «estrella» se apagara —respondió él mientras le colocaba una toalla sobre los hombros. 

Su sonrisa magnética parecía burlarse del caos y, al mismo tiempo, encender algo en ella.

Desde el otro lado de la piscina, Cassandra emergía sola, empapada y con el maquillaje corrido. Fulminó a Paul con la mirada; cada brazada era un recordatorio de su humillación pública. Él seguía de pie, brazos cruzados, protegiendo su traje como si valiera más que ella.

El mismo mesero que había derramado agua sobre Paul se acercó a Enrique con paso rápido, portando un cambio de ropa limpia y seca, cuidadosamente doblada.

—Aquí tiene, jefe —dijo en voz baja, ofreciendo las prendas.

Enrique le lanzó una mirada de advertencia casi imperceptible. El mesero captó el mensaje, asintió en silencio y se retiró, perdiéndose entre la multitud. Leonela, que había observado la escena con el ceño fruncido, ladeó la cabeza, intrigada.

—Qué rápido te trajeron ropa —dijo, con un dejo de curiosidad—. ¿Y por qué te llamó jefe?

Enrique sintió una punzada de cautela. Ella no sabe quién soy, pensó, rozando con los dedos el bolsillo donde guardaba algo más que un simple uniforme. Con una sonrisa despreocupada, respondió:

—Es mi apodo, nada más. Ya sabes, en este tipo de trabajo todos tienen uno. —Se inclinó hacia ella. La voz le salió baja y cálida, con un toque de picardía—. Por cierto, tu ex es un idiota.

Leonela soltó una risa amarga. Los ojos se le nublaron.

—La mensa era yo —murmuró, mirando al suelo—. Cinco años con él, creyendo en sus promesas.

Paul nunca había sido un novio apasionado. Era correcto, calculador, expresivo solo cuando el momento lo ameritaba. En privado, sus besos eran rápidos, sus gestos mecánicos y sus «te amo» tan escasos que Leonela los contaba como quien cuenta monedas en tiempos de crisis. Pero delante de los amigos de él y de la familia de ella, Paul se transformaba: tomaba su mano, la miraba como si fuera un trofeo y decía cosas como «esta mujer es mi mundo» «la muñequita que temo romper».

En su mente, un juramento se alzó, firme y claro.

—No deseo conocer más mentirosos. No quiero en mi vida a desgraciados que usan el amor como escudo. Solo quiero algo real.

Enrique alzó una ceja, captando el peso de sus palabras.

—Ajá, segura. Todas las chicas sueñan con un chico con dinero y encantador —dijo, con un guiño juguetón que aligeró el momento.

Leonela lo miró fijamente. Su expresión se endureció.

—Pues yo no. Ya no sé si puedo creer en el amor, y eso apesta. Porque si no me caso pronto, no me ascenderán en la compañía que ayudé a construir.

Su madre había muerto cuando ella tenía diecisiete años y le había dejado un fideicomiso generoso que pagó sus estudios en una buena Universidad, en publicidad y mercadotecnia. Comenzó a trabajar por cuenta propia, enfocada en su ramo. Cuando la empresa de su familia comenzó a tambalearse —deudas, campañas fallidas, competidores deshonestos—, Ricardo, su padre, la llamó. Pronto redujo costos, renegoció contratos y lanzó campañas que devolvieron a la compañía a las portadas de revistas económicas. En dos años se convirtió en rentable otra vez.

La voz de Leonela se quebró, pero mantuvo la barbilla en alto, desafiando al destino.

—Papá puso una condición absurda: la que se case primero hereda el puesto directivo. Cassandra lo sabe. Por eso se aferró a Paul. Y yo… necesito un anillo en el dedo antes de que ella lo consiga.

Enrique, en su interior, sintió un destello de oportunidad. Necesita casarse. Perfecto, pensó, mientras su mente giraba como un engranaje bien aceitado. Él también tenía razones propias, razones que no podía revelar todavía. Pero en ese momento, la honestidad era su mejor arma.

—Bien —dijo, mirándola a los ojos sin disimulo—. Si esto es un juego, juguemos. Tú necesitas un prometido creíble. Yo necesito… sobresalir. Nos usamos mutuamente. Sin mentiras entre nosotros dos. ¿Trato?

Leonela lo observó un segundo largo. Luego asintió, con una seriedad que contrastaba con el caos a su alrededor.

—Trato. Pero sin sorpresas entre nosotros.

—No las tendrás —respondió él, y por primera vez su voz sonó completamente sincera—. Dame tu mano.

Ella lo hizo. Él la tomó con una galantería que desarmaba.

—¿A dónde vamos? —preguntó Leonela, desconcertada pero atraída por su confianza.

—Ya lo averiguarás —respondió él, con un brillo travieso en los ojos.

Minutos después del escándalo en la piscina, la gerencia les trajo salvavidas:

—Señorita Leonela, permítame subir a buscarle ropa seca.

Quince minutos después, Leonela llevaba un vestido azul oscuro que abrazaba sus curvas y resaltaba sus ojos. Enrique lucía otra camisa blanca impecable y un traje azul que parecía hecho a la medida… demasiado perfecto para un simple mesero. Tomados de la mano, regresaron al salón principal, donde la fiesta seguía bajo luces tenues y música envolvente. Las cabezas se giraron, pero esta vez no había burla, solo una mezcla de curiosidad y admiración. Ambos caminaban con una seguridad que parecía lavar el escándalo de la piscina.

Cassandra y Paul, en un rincón, tenían expresiones agrias. Ella apretaba los labios. Él murmuraba quejas sobre el cloro y el costo de su traje. Al verlos entrar, Cassandra soltó un bufido.

—¿Es una maldita broma? —masculló. 

Los ojos le lanzaban fuego.

Enrique guio a Leonela a la pista de baile. Un vals lento creó una burbuja de intimidad. Sus cuerpos se acercaron y él le susurró:

—Acércate. Pon tu cabeza en mi pecho. ¿Están mirando?

Leonela apoyó la mejilla contra su camisa, sintiendo el calor de su cuerpo y el latido constante de su corazón.

—Sí, todos —respondió, con una sonrisa traviesa.

Enrique, sintiendo el peso de las miradas, decidió subir la apuesta. Con un movimiento fluido, la abrazó por la cintura y, en un gesto teatral que arrancó suspiros, la inclinó hacia atrás, sosteniéndola con una fuerza que era tanto protectora como provocadora. Sus rostros quedaron a milímetros. Las respiraciones se entrelazaron. El salón contuvo el aliento. Luego, con gracia, la levantó sin romper el contacto visual. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y algo más profundo, algo que hacía que el corazón de Leonela latiera más rápido.

Antes de que los murmullos se apagaran, se besaron. Fue un beso lento, profundo, que parecía detener el tiempo y sellar algo que ninguno podía nombrar todavía.

Enrique no había terminado. Dio un paso atrás. Su mano buscó la de ella. La música se desvaneció y el aire se cargó de electricidad. Con una reverencia elegante, se arrodilló frente a Leonela y sacó un anillo que destelló bajo las luces. El diamante, nada sencillo y deslumbrante, parecía demasiado valioso para un mesero.

—Leonela —dijo Enrique, la voz clara y firme, resonando en el silencio atónito—, ¿te casarías conmigo?

Cassandra palideció. Las manos le temblaban de rabia. Paul frunció el ceño; los celos se le notaban en la tensión de la mandíbula. Leonela, con el corazón desbocado, miró a su alrededor y notó que cada mirada estaba fija en ella. Entonces, sus ojos se posaron en la entrada, donde sus padres acababan de llegar.

Su padre, Ricardo, un hombre de porte imponente y mirada de acero, observaba con incredulidad. Su madrastra, Elena, más reservada pero con los ojos brillantes de sorpresa, se llevó una mano al pecho.

Leonela sintió el peso de las expectativas. Alzó la barbilla. Con una voz que ocultaba su torbellino interior, dijo:

—S-sí —tartamudeó, apenas audible.

Enrique, con una sonrisa que mezclaba triunfo y ternura, tomó su mano y deslizó el anillo en su dedo. El metal frío contrastaba con el calor de su piel. Sus miradas se encontraron, compartiendo un secreto que ni ellos entendían del todo.

Inclinándose hacia él, susurró con urgencia:

—¿Qué demonios haces, Enrique?

Él, con un guiño pícaro, murmuró:

—Confía en mí. Esto va a ser divertido… y útil para los dos.

Cassandra, temblando de furia, se volvió hacia su madre.

—¡Esto es inaceptable! —siseó—. ¡Es mi fiesta de compromiso con Paul! ¡Debo ser yo el centro de atención, no ella! ¡Leonela se está robando la noche!

Elena, con una expresión tensa, intentó calmarla.

—Cassandra, no hagas un escándalo…

Leonela, captando la escena, sintió una chispa de triunfo. Enrique había sellado su audaz propuesta con un beso que detuvo el tiempo. Cassandra estaba furiosa y Paul visiblemente celoso, mientras los padres de Leonela y Cassandra observaban desde la entrada con una mezcla de incredulidad. Ricardo rompió el silencio con una voz grave que cortó el aire.

—Leonela —dijo, el tono cargado de autoridad—. ¿Por qué te comprometes con un extraño?

Enrique sintió el peso de la pregunta. Si digo mi nombre verdadero, me descubrirán, pensó. Su mente giraba como un engranaje. No puedo arruinar el plan ahora.

Antes de que pudiera responder, Leonela dio un paso adelante. La voz le salió firme, aunque temblorosa.

—Papá, él es mi prometido, Enrique —dijo, apretando la mano de Enrique como si quisiera anclarlo a su lado.

Enrique, captando la señal, atinó a contestar.

—Enrique Rubio, señor —dijo. 

La voz le salió suave, pero cargada de una confianza que desconcertó a Ricardo.

Rubio es un apellido común. Seguro, pensó Enrique, ocultando una sonrisa interna. Que crean lo que quieran… por ahora.

Extendió la mano, pero Ricardo no correspondió el gesto.

—Rubio, ¿eh? Eso no me dice nada —espetó, con la mirada afilada—. Dime, muchacho, ¿cuánto ganas? ¿Quién eres? ¿De dónde saliste?

Leonela sintió el calor subirle al rostro.

—¡Papá, no es el momento para eso! —dijo, con una mezcla de exasperación y desafío.

Luego, girándose hacia Enrique, añadió en un susurro urgente:

—Vámonos.

Sin esperar respuesta, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia un pasillo, lejos de las miradas.

Elena, la madrastra de Leonela, miró a Ricardo con una ceja arqueada.

—Ahora tu hija se ha comprometido con un cazafortunas —dijo, con un tono que mezclaba preocupación y descontento—. Un mesero del hotel, Ricardo. ¿Qué sigue?

Ricardo apretó la mandíbula. Los ojos fijos en el lugar donde Leonela y Enrique habían desaparecido.

—Un mesero… —repitió en voz baja—. O alguien que sabe exactamente lo que hace.

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