En otra mañana de trabajo, Marina espera a su novio, que había prometido pasar a recogerla para llevarla a la empresa. Sin embargo, el celular suena y ella ve el nombre de Sávio en la pantalla.
— Lo siento, amor, pero no voy a poder llevarte — dice él por teléfono, la voz cargada de frustración. — La llanta del coche se pinchó y la del repuesto también está desinflada.
— Está bien, Sávio, no hay problema. Posiblemente, aún alcance a tomar el autobús — responde, despidiéndose ya de sus padres y