— Sé quién eres, no es necesario que sigamos fingiendo — continuó diciendo, y mi cuerpo se erizó, me apreté el brazo intentando convencerme de que estaba idealizando demasiado y que ahora yo empezaba a alucinar, pero él siguió expresándose, al punto de dejarme muda, inmóvil como una estatua.
— Desde que te miré, te reconocí a lo inmediato, por tu cicatriz de la espalda, tu vestido es destapado, y olvidaste ocultar eso – dijo tocando la cicatriz con su dedo — pero decidí seguirte el juego, y co