No toqué el sobre durante varios minutos. Se quedó ahí, sobre la mesa, como si no perteneciera a mi casa ni a mi vida, y aun así no podía apartar la mirada de él. Al final tomé el teléfono y marqué sin pensarlo demasiado.
—Clara.
Contestó rápido, y por la forma en que dijo mi nombre supe que estaba atento, pero no preparado.
—Tu madrastra vino a mi casa.
Hubo un silencio breve, cargado más de sorpresa que de tensión.
—¿Mi madrastra?
—Sí.
—¿Está bien?
Parpadeé, desconcertada por su reacción.
—Sí