Cuando salimos del edificio, el aire fresco me golpeó el rostro y por primera vez en todo el día sentí que podía respirar sin ese peso constante en el pecho. Adrián caminaba a mi lado con esa calma suya que a veces me desesperaba y otras… me tranquilizaba más de lo que quería admitir.
—Yo manejo —dije de repente.
Él se detuvo.
—¿Qué?
Extendí la mano.
—Las llaves.
Me miró un segundo, evaluando claramente todas las malas decisiones de su vida que lo habían llevado a ese momento.
—¿Sabes c