Toqué la puerta de su oficina con los nudillos, intentando que mi mano no temblara.
—Adelante.
Su voz sonó exactamente igual que siempre: controlada, profesional, completamente ajena a la tormenta que había sacudido mi vida el día anterior.
Abrí la puerta y entré.
Adrián estaba sentado detrás de su escritorio revisando unos documentos. La luz de la mañana entraba por las grandes ventanas a su espalda, iluminando el lugar con una calma casi irónica. Levantó la vista cuando me vio y su