A la mañana siguiente desperté con los ojos hinchados y la cabeza pesada, pero curiosamente mi mente estaba clara.
Había llorado todo lo que tenía que llorar.
Ahora solo quedaba seguir adelante.
Me levanté temprano, me duché y me quedé unos minutos frente al armario observando mi ropa. Mis dedos recorrieron varias prendas hasta que finalmente saqué uno de mis mejores trajes de oficina, un conjunto elegante que casi nunca usaba porque siempre lo reservaba para reuniones importantes.
Hoy era un d