El restaurante estaba lleno de ruido y movimiento, el murmullo constante de conversaciones mezclado con el tintinear de cubiertos y el aroma de comida caliente que salía de la cocina. Era uno de esos lugares sencillos donde habíamos comido muchas veces antes, cuando la vida todavía era… normal.
Laura había insistido en invitarnos a comer.
—Nada elegante —había dicho por teléfono—. Solo comida, vino y chisme.
Y por primera vez en varios días yo no había discutido.
Necesitaba verlas.
Cuando