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Capítulo 4: La primera humillación pública

 

El salón de eventos del Hotel Astoria brillaba con una opulencia que me revolvía el estómago. Solo seis meses atrás, yo habría caminado por aquí con la cabeza en alto, como una Darcy. Hoy, caminaba colgada del brazo del hombre que nos había arrebatado hasta el nombre.

—Sonríe, Mia —murmuró Liam cerca de mi oído. Su mano, firme en mi cintura, me quemaba a través de la seda del vestido—. Nadie compra una joya para verla empañada por las lágrimas.

—No soy una joya. Soy una persona —siseé entre dientes, manteniendo una sonrisa falsa mientras las cámaras de los periodistas nos cegaban con sus flashes.

—Hoy no —respondió él con una frialdad absoluta—. Hoy eres el trofeo que anuncia mi victoria final.

Entramos al salón principal y el murmullo de las conversaciones se detuvo en seco. Los rostros que conocía de toda la vida, los amigos de mis padres y los socios que solían cenar en nuestra mesa, me miraban con una mezcla de morbo y desprecio.

—¿Es ella? ¿La hija de Julian Darcy? —escuché un susurro a mi derecha—. Qué rápido ha encontrado quién la mantenga ahora que su padre es un prófugo.

Sentí que las mejillas me ardían. Mis dedos se clavaron instintivamente en el brazo de Liam. Él no se inmutó; al contrario, me apretó más contra su costado, guiándome hacia el centro del círculo más influyente de la fiesta.

—¡Liam, qué sorpresa! —un hombre mayor, antiguo rival de mi padre, se acercó con una copa de champán—. Veo que te has quedado con las mejores piezas de la liquidación de los Darcy.

—Me gusta coleccionar antigüedades —respondió Liam con una voz tan suave que resultaba aterradora—. Y Mia es... una pieza única.

—Es una lástima lo de tu hermano, querida —dijo una mujer vestida de Chanel, mirándome con falsa compasión—. Dicen que está en una clínica de beneficencia. Qué bajo han caído.

Me quedé sin aliento. El dolor por Leo era una herida abierta que ellos disfrutaban hurgar. Estuve a punto de responder, de decirles que Leo estaba bien gracias a este contrato, pero la voz de Liam me interrumpió, tronando sobre el resto.

—Se equivocan. El pequeño Leo Darcy está en la mejor clínica del país, bajo mi protección personal —dijo Liam, mirando a la mujer con tal intensidad que ella retrocedió un paso—. Y cualquier comentario sobre la familia de mi esposa se considerará un insulto directo hacia mí. ¿Fui claro?

El silencio que siguió fue sepulcral. Liam no me estaba defendiendo por amor; lo hacía por propiedad. Nadie insultaba lo que le pertenecía a Liam Black.

—Tengo que ir al baño —susurré, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí.

Solté su brazo y casi corrí hacia el pasillo de servicio. Necesitaba aire. Necesitaba llorar sin que cien pares de ojos me juzgaran. Me detuve frente a un gran espejo en el pasillo y me miré. La estola de piel se había deslizado, dejando al descubierto mis hombros y esa constelación de pecas que Liam odiaba.

—¿Disfrutando del espectáculo? —la voz de Liam me sobresaltó. Estaba apoyado en la pared, observándome a través del espejo.

—¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué me defendiste allá afuera si me odias tanto? —le pregunté, dándome la vuelta.

Él caminó hacia mí con pasos lentos, acortando la distancia hasta que sus zapatos brillantes tocaron mis pies descalzos por el cansancio de los tacones.

—No te confundas, pequeña Darcy —dijo, extendiendo la mano para acariciar mi mejilla con una ternura que sus ojos negaban—. No permito que nadie te humille porque esa es una tarea que me reservo exclusivamente para mí. Si vas a llorar, será por mi causa, no por la de esos buitres.

En un movimiento rápido, atrapó mi barbilla, obligándome a mirarlo.

—Tu padre mató a los míos, Mia. Los dejó morir en la miseria mientras él brindaba con este mismo champán. Así que no esperes que te salve de nada que no sea yo mismo.

Sus ojos bajaron a mis hombros y, por primera vez, vi algo más que odio. Había una lucha interna, una atracción oscura que él intentaba aplastar. Sin previo aviso, se inclinó y presionó sus labios contra el hueco de mi cuello, justo sobre mis pecas. No fue un beso, fue una marca.

—Eres mía, Mia Darcy. Y voy a asegurarme de que nunca olvides el precio de tu apellido.

Se apartó bruscamente, dejándome temblando y con el corazón galopando contra mis costillas.

—Arréglate el cabello. La cena va a comenzar y quiero que te sientes a mi derecha. Que todos vean cómo la princesa de los Darcy ahora se alimenta de mi mano.

Él se fue, dejándome sola con mi reflejo. Me toqué el lugar donde sus labios me habían quemado la piel. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, pero mientras regresaba al salón, una idea aterradora cruzó mi mente: por un segundo, cuando él me defendió frente a todos, me sentí segura. Y ese era el peligro más grande de todos.

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