Entrar en la habitación de la clínica ya no se sentía como entrar a un funeral. Ahora, el sonido del monitor era constante y tranquilo, un compás que me devolvía la vida.
—¡Mia! —la voz de Leo sonó pequeña, pero clara.
Corrí hacia su cama y lo envolví en un abrazo suave, aspirando su aroma a jabón infantil y hospital. El peso que había llevado en el pecho desde la quiebra pareció disolverse un poco al ver que sus mejillas ya no estaban grises, sino que tenían un rastro de color.
—Estás aquí, ca