Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche después de la cena fue eterna. No pude dormir, atrapada entre el recuerdo de la voz de Liam defendiéndome y la frialdad con la que me reclamaba como su propiedad. Me encontraba en la cocina de la mansión, una estructura de acero inoxidable y mármol que se sentía más como un laboratorio que como un hogar, apretando una taza de té con las manos temblorosas.
De pronto, el silencio sepulcral de la casa se rompió por el sonido de mi teléfono. Mi corazón dio un vuelco.
—¿Dígame? —respondí, con la voz apenas en un susurro.
—¿Señorita Darcy? Habla el Dr. Méndez.
Cerré los ojos, preparándome para el golpe. Mis dedos se clavaron en la encimera. —Dígame, doctor... por favor.
—Tengo buenas noticias. Leo acaba de salir de la cirugía. Fue larga y compleja, pero su corazón es fuerte. Ha reaccionado mejor de lo que esperábamos. Está en recuperación y, por primera vez en semanas, sus niveles son estables.
Un sollozo se me escapó, pero esta vez no era de dolor. Me dejé caer en una de las sillas altas, sintiendo que un peso de toneladas se levantaba de mis hombros.
—Gracias, doctor. Gracias... —mi voz se quebró—. ¿Puedo ir a verlo?
—Aún está bajo sedación profunda, pero mañana podrá entrar un momento. El tratamiento que el Sr. Black autorizó es de vanguardia, Mia. Eso es lo que realmente le salvó la vida.
Colgué el teléfono y me cubrí la cara con las manos, llorando de puro alivio. Leo iba a vivir. El sacrificio valía la pena. No importaba el contrato, no importaba Liam, no importaba el infierno en el que me había metido. Mi hermano iba a estar bien.
—Parece que mi dinero ha sido una buena inversión.
Me sobresalté y me giré. Liam estaba en el umbral de la cocina. No llevaba la chaqueta del traje, tenía las mangas de la camisa blanca arremangadas y el primer botón abierto. Se veía menos como un CEO implacable y más como un hombre cansado, pero sus ojos seguían siendo igual de intensos.
—Él está bien —dije, limpiándome las lágrimas con rapidez—. La cirugía fue un éxito.
Liam no sonrió. Solo se acercó con esa forma de caminar que me recordaba a un depredador acechando. Se detuvo a un paso de mí y me observó con una curiosidad que me puso nerviosa.
—¿Realmente creías que dejaría que muriera? —preguntó en voz baja—. No soy como tu padre, Mia. Yo no destruyo lo que es inocente.
—Mi padre no es un asesino, Liam. No sé qué te hizo creer eso, pero él...
—¡Tu padre es un monstruo! —rugió, y por primera vez vi una grieta en su máscara de hielo. El dolor en su voz era tan real que me hizo retroceder—. Mi madre murió gritando su nombre, pidiéndole que detuviera la e****a que los dejó en la calle. Mi padre se quitó la vida porque no pudo soportar ver cómo su "mejor amigo", Julian Darcy, le robaba hasta el último aliento de dignidad.
Se acercó más, acorralándome contra la isla de la cocina. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cuerpo.
—Crecí en orfanatos, Mia. Crecí peleando por un trozo de pan mientras tú usabas vestidos de seda y celebrabas cumpleaños con pasteles que costaban más de lo que yo ganaba en un año. ¿Y te atreves a defenderlo?
Me quedé helada. La magnitud de su odio tenía nombre y apellido. Él no odiaba a los Darcy en general; él estaba viviendo el trauma de un niño que lo perdió todo.
—Yo no sabía... —susurré, mis ojos claros encontrándose con los suyos—. Liam, yo era una niña. Nunca me dijeron nada de esto.
Su mirada bajó a mis labios y luego a las pecas de mi hombro, que quedaban a la vista por mi camisón de tirantes. Por un segundo, el odio en sus ojos fue reemplazado por un hambre distinta, una necesidad que me hizo jadear.
—Ese es tu pecado, Mia. Tu ignorancia fue pagada con la sangre de mi familia —su voz bajó a un susurro ronco—. Y ahora, cada vez que te miro, cada vez que toco tu piel, recuerdo por qué debo destruirte. Pero mi cuerpo... mi maldito cuerpo no parece entender de venganzas.
Lentamente, como si luchara contra sí mismo, levantó una mano y acarició mi cuello. Sus dedos estaban calientes y su tacto me hizo estremecer. Se inclinó, su rostro a milímetros del mío, y por un instante creí que iba a besarme.
Pero entonces, su teléfono vibró en la encimera. El hechizo se rompió.
Liam se apartó bruscamente, como si mi piel lo quemara. Recuperó su máscara fría en un segundo.
—Mañana un chofer te llevará a la clínica —dijo, dándome la espalda—. Disfruta de tu victoria, Mia. Pero no olvides que cada latido del corazón de tu hermano me pertenece. Al igual que el tuyo.
Salió de la cocina sin mirar atrás, dejándome sola con el eco de sus palabras. Me toqué el hombro, donde todavía sentía el calor de sus dedos. Leo estaba a salvo, pero yo acababa de darme cuenta de algo mucho más peligroso: estaba empezando a sentir lástima por el hombre que juró destruirme.
Y en este juego de poder, la lástima era el primer paso hacia la derrota.







