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Capítulo 3: La jaula de cristal

 

La mansión de Liam Black no era un hogar; era un mausoleo de mármol negro y cristales blindados situado en la zona más exclusiva de la ciudad. Cuando el coche se detuvo frente a la imponente entrada, sentí que el aire se volvía más pesado.

—Bájate —ordenó Liam sin siquiera mirarme. Su tono era el de alguien que le habla a una posesión, no a una esposa.

Caminé tras él, sintiéndome diminuta con mis jeans gastados y mi vieja mochila, que contenía lo poco que había podido rescatar antes de que los acreedores sellaran mi casa. Al entrar, el lujo me golpeó: obras de arte moderno que parecían gritar, suelos tan pulidos que reflejaban mi rostro asustado y un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el eco de los zapatos de Liam.

—Desde hoy, este es tu mundo —dijo él, girándose en el centro del gran salón. Se desabrochó el botón de su chaqueta, revelando una figura que irradiaba un poder peligroso—. Pero no te equivoques, Mia. No eres la señora de la casa. Eres una invitada cuya estancia depende de mi humor.

—Solo quiero saber si el depósito para Leo ya se hizo —dije, tratando de mantener la voz firme a pesar de que mis rodillas temblaban.

Liam sacó su teléfono, presionó un par de teclas y luego me lo mostró. Era una transferencia confirmada a la clínica. El alivio me inundó con tanta fuerza que casi caigo al suelo. Leo estaba a salvo. Por ahora.

—Gracias —susurré, cerrando los ojos.

—No me des las gracias. Me lo vas a pagar —su voz sonó más cerca. Abrí los ojos y lo encontré a centímetros de mí—. Regla número uno: nunca menciones a tu padre en esta casa. Su nombre es veneno para mí. Regla número dos: no cruzarás la puerta de mi despacho a menos que yo lo autorice. Y regla número tres...

Extendió la mano y tomó un mechón de mi cabello pelirrojo, enrollándolo en su dedo con una brusquedad que me obligó a mirar sus ojos de obsidiana.

—Cualquier rastro de tu antigua vida desaparece hoy.

Hizo una señal y, en ese momento, una mujer de uniforme apareció con varias bolsas de basura. Mi corazón dio un vuelco cuando vi que se dirigía hacia mi mochila.

—¿Qué haces? ¡No! —grité, intentando recuperarla—. Ahí están las fotos de mi hermano, el diario de mi abuela... ¡Es todo lo que me queda!

—Dije que nada de tu pasado entra aquí —sentenció Liam, sujetándome por la cintura para impedirme el paso. Su agarre era de acero—. En el vestidor de tu habitación tienes ropa nueva, joyas y todo lo que una "Sra. Black" debe usar. No quiero ver esos harapos nunca más.

—¡Eres un monstruo! —le grité, forcejeando contra su pecho.

Liam me atrajo más hacia él, eliminando cualquier espacio. Podía sentir el latido de su corazón, rápido y fuerte, contra el mío. Sus ojos bajaron a mi hombro, que había quedado al descubierto por el forcejeo, dejando a la vista las pequeñas pecas que parecían irritarlo y atraerlo por igual.

—Soy el monstruo que salvó a tu hermano, Mia. No lo olvides —su aliento rozó mi oído, provocándome un escalofrío involuntario—. Ahora, sube. Dúchate y quítate el olor a derrota. Tenemos una cena de negocios en dos horas y el mundo necesita ver lo "feliz" que eres con tu nuevo dueño.

Me soltó tan de repente que tambaleé. Vi con impotencia cómo la empleada se llevaba mi mochila, deshaciéndose de mis últimos recuerdos como si fueran basura.

Subí las escaleras de mármol con el corazón hecho pedazos. Mi habitación era inmensa, fría y hermosa, pero me sentía como un animal en exhibición. Al entrar al baño, me miré al espejo. El rojo de mi cabello resaltaba contra mi palidez y las pecas de mi nariz parecían más visibles que nunca por las lágrimas.

Me quité la ropa y me metí bajo el agua caliente, intentando lavar la sensación de las manos de Liam sobre mi piel. Pero no importa cuánto tallara, el contrato ya estaba firmado en mi sangre.

Dos horas después, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso. Yo estaba terminando de cerrar el cierre de un vestido de seda negro que costaba más de lo que yo ganaría en diez años.

Liam estaba apoyado en el marco de la puerta. Su mirada recorrió mi cuerpo con una lentitud que me hizo sentir desnuda. Se acercó y, sin pedir permiso, apartó mi cabello hacia un lado. Sus dedos fríos rozaron la piel de mi hombro, justo sobre las pecas.

—Tápate eso —dijo con voz ronca, entregándome una estola de piel—. No quiero que nadie más vea lo que me pertenece.

En ese momento lo comprendí. La venganza de Liam no era solo financiera. Él quería borrar mi identidad, quería que fuera una sombra de mí misma. Pero mientras me miraba en el espejo, con el vestido negro y los ojos brillantes de rabia contenida, me juré que no se lo pondría fácil.

Él quería una guerra. Y yo, por Leo, iba a dársela.

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