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Capítulo 2: En la guarida del lobo

 

La sede de Black Industries era un monolito de cristal y acero que parecía querer perforar el cielo gris de la ciudad. Mientras subía en el ascensor privado, mi reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una mujer al borde del colapso. Intenté domar mi cabello pelirrojo en un moño improvisado, pero varios mechones rebeldes caían sobre mi cuello, justo sobre la pequeña constelación de pecas que decoraba mi hombro.

Cuando las puertas se abrieron, el silencio era absoluto. No había secretarias, solo una oficina inmensa con paredes de cristal que daban a la ciudad que mi padre solía creer suya.

Y allí estaba él.

Liam Black estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. Su figura era imponente; los hombros anchos tensaban la tela de su traje hecho a medida, y su sola presencia parecía succionar el aire de la habitación.

—Llegas tres minutos tarde, Mia Darcy —su voz era un barítono profundo, frío y perfectamente calmado.

—Mi hermano... él tuvo una crisis. Casi lo pierdo —mi voz sonó pequeña, rota.

Él se giró lentamente. Si hubiera sido un extraño, habría dicho que era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Tenía una mandíbula afilada, ojos tan oscuros que parecían obsidiana y una intensidad que me obligó a dar un paso atrás. Pero no era un extraño; era el hombre que había orquestado la caída de mi familia.

—La debilidad de los Darcy siempre fue su patético sentimentalismo —dijo, rodeando su escritorio de caoba con una elegancia depredadora—. Tu padre huyó como un cobarde, tu madre se escondió... y aquí estás tú. La pequeña Mia, enviada al matadero.

—No vine a hablar de mis padres —dije, apretando los puños para que no me temblaran las manos—. Necesito cincuenta mil dólares para hoy. Ahora mismo. La clínica va a desconectar a Leo si no pago.

Liam soltó una risa seca, carente de humor. Se acercó tanto que pude oler su perfume: sándalo y algo metálico, como la lluvia antes de una tormenta. Su mirada bajó desde mis ojos hasta mi cuello, deteniéndose en mis hombros con una mezcla de fascinación y asco.

—¿Cincuenta mil? —se inclinó, invadiendo mi espacio personal—. Eso es calderilla. Pero para ti, es el mundo entero. Dime, ¿por qué debería ayudarte el hombre al que tu padre intentó destruir hace años?

—Porque no soy mi padre —supliqué, con las lágrimas ardiendo en mis párpados—. Leo no tiene la culpa. Él es solo un niño. Por favor, Liam... te devolveré cada centavo. Trabajaré para ti, haré lo que sea.

—¿Lo que sea? —repitió, y un brillo peligroso cruzó sus ojos negros.

Caminó hacia su escritorio y tomó un fajo de papeles encuadernados en cuero. Lo lanzó sobre la mesa con un golpe seco que me hizo saltar.

—No quiero tu trabajo, Mia. Quiero tu nombre. Quiero tu libertad.

Fruncí el ceño, confundida, mientras me acercaba para leer el encabezado del documento. Mis manos temblaron tanto que casi dejo caer las hojas.

—¿Un... un contrato de matrimonio? —susurré, incrédula—. ¿Quieres casarte conmigo? Tú me odias.

—Te detesto —corrigió él, dando un paso hacia mí, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared fría—. Pero el nombre Darcy todavía significa algo en los círculos sociales. Quiero que el mundo vea cómo la heredera del imperio que me despreció ahora limpia mis zapatos. Quiero que seas mi esposa de nombre, que duermas en mi casa y que obedezcas cada una de mis órdenes durante un año.

Se inclinó sobre mí, atrapándome entre sus brazos apoyados en la pared. Estaba tan cerca que sentía el calor de su cuerpo, un contraste cruel con la frialdad de sus palabras.

—A cambio, pagaré cada centavo de la clínica de tu hermano. Tendrá a los mejores especialistas del mundo. Vivirá, Mia. Pero tú... tú estarás muerta para el mundo exterior. Me pertenecerás.

Miré el contrato y luego sus ojos implacables. Sabía que esto era una trampa. Sabía que Liam Black quería romperme, pieza por pieza, hasta que no quedara nada de la chica que solía ser.

—¿Por qué yo? —pregunté en un susurro—. Hay miles de mujeres que matarían por estar contigo.

Liam extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó con su pulgar las pecas de mi hombro. El contacto me provocó una descarga eléctrica que me recorrió la columna.

—Porque ninguna de ellas me daría el placer de ver a un Darcy suplicar cada mañana por su propia existencia —susurró en mi oído—. Firma, Mia. Salva a tu hermano y condénate tú. El reloj corre.

Miré hacia la puerta, pensando en Leo luchando por respirar. Luego miré el bolígrafo sobre el escritorio. Sin decir una palabra, me acerqué y firmé mi nombre en la última línea.

No sabía que, al hacerlo, no solo estaba entregando mi libertad, sino que acababa de entrar en el juego de venganza más peligroso de la historia.

Liam tomó el contrato, su rostro transformándose en una máscara de victoria oscura.

—Bienvenida a tu infierno, Sra. Black. Prepárate, nos mudamos esta noche.

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