El olor a antiséptico siempre me había parecido el aroma del miedo.—Por favor, respira, Leo. Solo un poco más —susurré, apretando su pequeña mano entre las mías.Mi hermano menor, de apenas seis años, lucía casi transparente contra las sábanas blancas de la unidad de cuidados intensivos. Sus rizos castaños estaban empapados en sudor y el monitor a su lado emitía un pitido rítmico que era lo único que mantenía mi corazón latiendo.Acaricié sus dedos, tratando de transmitirle mi calor, mi vida, cualquier cosa que le sirviera. En el reflejo del cristal de la habitación, vi mi propia imagen y casi no me reconocí. Mis ojos claros estaban hundidos por el insomnio y mi cabello pelirrojo, que mi madre siempre decía que era "hilo de sol", colgaba sin vida sobre mis hombros. Las pequeñas pecas en mi nariz, que solían hacerme reír cuando Leo intentaba contarlas, hoy parecían manchas de ceniza sobre una piel demasiado pálida.De pronto, el ritmo del monitor cambió.Beep... Beep... Beeeeeeeeeee.
Leer más