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Un año para destruirte
Un año para destruirte
Por: Emma Brown
Capítulo 1: El latido que se apaga

 

El olor a antiséptico siempre me había parecido el aroma del miedo.

—Por favor, respira, Leo. Solo un poco más —susurré, apretando su pequeña mano entre las mías.

Mi hermano menor, de apenas seis años, lucía casi transparente contra las sábanas blancas de la unidad de cuidados intensivos. Sus rizos castaños estaban empapados en sudor y el monitor a su lado emitía un pitido rítmico que era lo único que mantenía mi corazón latiendo.

Acaricié sus dedos, tratando de transmitirle mi calor, mi vida, cualquier cosa que le sirviera. En el reflejo del cristal de la habitación, vi mi propia imagen y casi no me reconocí. Mis ojos claros estaban hundidos por el insomnio y mi cabello pelirrojo, que mi madre siempre decía que era "hilo de sol", colgaba sin vida sobre mis hombros. Las pequeñas pecas en mi nariz, que solían hacerme reír cuando Leo intentaba contarlas, hoy parecían manchas de ceniza sobre una piel demasiado pálida.

De pronto, el ritmo del monitor cambió.

Beep... Beep... Beeeeeeeeeee.

—¡Leo! —el grito se me escapó de la garganta como un desgarro—. ¡Enfermera! ¡Ayuda, por favor!

La habitación se llenó de gente en segundos. Uniformes azules, luces fuertes, el sonido metálico de los carros de emergencia. Una mano firme me tomó del hombro y me empujó hacia el pasillo.

—Señorita Darcy, tiene que salir —dijo una enfermera con voz lástima.

—¡Es mi hermano! ¡Es lo único que me queda! —sollocé, golpeando el cristal—. ¡Hagan algo!

Me quedé colapsada contra la pared del pasillo, viendo a través del vidrio cómo los médicos trabajaban sobre el pequeño cuerpo de Leo. Sentía que el oxígeno me faltaba a mí también. Mi familia lo había perdido todo: la mansión, las cuentas bancarias, el respeto. Mi padre había huido tras la quiebra de la empresa, dejándonos en la ruina absoluta, y mi madre... ella simplemente no pudo soportar la vergüenza y se marchó hace meses.

Solo éramos Leo y yo. Y ahora, él también se me escapaba.

—Señorita Darcy... —la voz del Dr. Méndez me obligó a levantar la cabeza. Su rostro no traía buenas noticias—. Hemos logrado estabilizarlo, pero ha sido un aviso. El fallo multiorgánico es inminente si no se realiza la cirugía de emergencia y el tratamiento de soporte vital avanzado.

—Háganlo, por favor —supliqué, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.

El doctor suspiró, evitando mi mirada.

—La administración de la clínica ha dado órdenes estrictas. La deuda de su familia asciende a los doscientos mil dólares. Si no hay un pago inicial de cincuenta mil para esta tarde... tendremos que trasladar al niño al hospital público de la ciudad.

—¿El hospital público? —mi voz tembló—. ¡Ahí la lista de espera es de meses! Él no sobrevivirá al traslado, usted lo sabe.

—Lo siento mucho, Mia. Pero ya no depende de mí. Los Darcy ya no tienen crédito en este país. Nadie quiere tocar nada que tenga que ver con su apellido.

Me quedé sola en el pasillo frío. Cincuenta mil dólares antes de que cayera el sol. Era una cifra imposible. Había vendido mis joyas, mi ropa, incluso los libros de la universidad. No me quedaba nada.

Nada, excepto una tarjeta negra que me habían entregado esa misma mañana en la puerta de mi casa subastada. Un nombre impreso en letras doradas que parecía quemar mis dedos: Liam Black.

Él era el hombre que había comprado las deudas de mi padre. El hombre que se había quedado con nuestras propiedades. El tiburón financiero que estaba devorando los restos del imperio Darcy.

«Si quieres salvar lo que queda de tu sangre, ven a verme», decía la nota escrita a mano detrás de la tarjeta.

Miré a través del cristal a Leo, que ahora dormía bajo el efecto de los sedantes, ajeno a que su vida tenía un precio que yo no podía pagar. Me puse de pie, sintiendo un escalofrío recorrer mis hombros, justo donde las pecas se escondían bajo mi gastada chaqueta.

Si Liam Black quería que fuera a verlo, iría. No me importaba si tenía que arrodillarme o vender mi alma. Por Leo, caminaría directamente hacia la boca del lobo.

Lo que no sabía es que Liam Black no quería mis súplicas. Quería mi destrucción.

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