Horas más tarde, ya en casa, el silencio reinaba mientras Luciana paseaba por el departamento como un alma en pena. Iba de la sala a la cocina, y de la cocina al balcón. La ansiedad la corroía por dentro. Revisó su celular por enésima vez esperando la llamada del doctor.
Dylan, por su parte, estaba sentado en el borde de la cama, con una taza de té sin azúcar entre las manos, dándole vueltas sin tomar un solo sorbo.
—Esto es absurdo —murmuró él al aire—. Yo soy el enfermo, pero tú eres la qu