Gala
Me quedé quieta hasta que Guillermo desapareció entre la gente.
Sabía que si me movía, si dejaba que el cuerpo reaccionara, iba a quebrarme en medio del centro comercial, frente a Juana y a Vicente. Y yo no me daba ese permiso desde hacía años. Había aprendido a sostenerme como se sostiene un vaso lleno hasta el borde: con precisión y con rabia.
Cuando por fin lo perdí de vista, sentí el temblor subir desde las manos hacia los hombros. Me dolían los dedos de haber apretado demasiado el asa