Gala
Estábamos en la cocina cuando llegó la carta.
Guille estaba detrás mío, apoyado contra la mesada, con los brazos rodeándome la cintura y la boca distraída en mi cuello, como si ese gesto cotidiano fuera su manera silenciosa de recordarme que estaba ahí, que seguíamos ahí, incluso cuando el mundo parecía empeñado en sorprendernos a destiempo.
La casa estaba en calma.
Los chicos estaban en la escuela y en la guardería, y ese silencio breve, casi prestado, se sentía como un lujo. Guille había