Gala
La cocina olía a cebolla salteada, a ajo y a la salsa que estaba preparando. Era un olor cotidiano, estable, de esos que no anuncian nada extraordinario y, aun así, sostienen el mundo.
Yo estaba frente a la mesada, revolviendo una olla con paciencia, concentrada en que nada se pegara, cuando sentí el primer indicio de que la calma estaba a punto de romperse.
Guille suspiró desde la sala con un fastidio demasiado sonoro para ser casual.
—No puedo creerlo —dijo, por tercera vez en menos de