Guille
Llegué a la casa cuando el sol ya empezaba a bajar, con el cuerpo cansado por el entrenamiento —aunque seguía con una rutina liviana— y esa calma rara que se me había vuelto costumbre en los últimos meses: la calma de quien no sabe si está avanzando o si apenas está aprendiendo a no romper lo que toca.
Habían pasado casi tres meses desde el trasplante. Tres meses de días repetidos que, aun así, no se sentían iguales. De rehabilitación, controles médicos, comidas medidas al milímetro, rut