Arturo
Volví al país esposado.
No hubo cámaras ni flashes ni periodistas esperando. Nadie gritó mi nombre. Nadie pidió una declaración. No hubo indignación pública ni discursos grandilocuentes sobre justicia tardía. Solo un aeropuerto secundario, una pista húmeda y dos hombres que no me miraban a los ojos porque para ellos yo ya era un trámite.
Durante años creí que ese momento iba a ser distinto. Siempre imaginé que, si alguna vez me atrapaban, sería con un juicio largo, abogados caros, negoci