Guille
Gala me acompañó hasta la puerta de la casa y me costó un mundo soltarle la mano.
Me miró con los ojos enrojecidos pero con una luz distinta, la luz de la esperanza después de nuestra charla.
—Luego del médico con Juana, paso por lo de Julieta a levantar ropa para ti —le prometí, acariciándole la mejilla con cuidado—. Así no tienes que preocuparte de nada.
Asintió, con una sonrisa débil y frágil, pero suficiente para hacerme sentir que lo imposible podía volverse realidad. Me incliné y