Gala
Me quedé sentada en la cama, abrazándome las piernas, con la frente hundida en las rodillas.
Todavía olía a desinfectante y a la camiseta de Guille que me había prestado. Era grande, me cubría hasta medio muslo, y sin embargo no me daba la seguridad que yo esperaba.
Todo lo que había pasado en la mansión seguía ahí, martillando en mi cabeza: el golpe de Héctor, las miradas horrorizadas, la voz de mi padre, mientras bramaba mi nombre.
Las lágrimas seguían bajando sin permiso. Me las limpi