Guille
No escuché los gritos. No vi las caras. No sentí nada, absolutamente nada fuera o dentro de mí. Solo vi a Gala en el suelo.
Mi rabia cambió de color. Ya no era un incendio: era una línea clara, un camino recto.
Avancé dos pasos. Héctor seguía con el brazo levantado, como si quisiera justificarse.
—Fue sin querer —dijo, pero el hijo de putâ estaba sonriendo.
No lo golpeé. No desperdicié ni un segundo más en él. Me agaché frente a Gala.
—Mi amor, mírame —le dije, la voz temblándome y, aun