La mansión seguía impregnada de ese olor metálico que se me había quedado atrapado en la garganta, aunque el cuerpo ya había desaparecido y los hombres de Luca hubiesen limpiado todo. Yo no podía apartar de mi mente la imagen de aquella caja, la sangre aún fresca y el rostro inerte del hombre al que con tanta crueldad le cortaron la cabeza. No podía. Sentía que algo se me había roto por dentro, como si hubiera traspasado una línea invisible, un umbral de violencia al que no estaba lista para en