75: El Inicio de la Guerra

La mañana llegó sin piedad, con un cansancio que pesaba sobre mis huesos y un nudo de angustia en el pecho que no me permitía respirar con calma. No había dormido nada; había pasado la noche entera en la sala de espera, abrazada a mi dolor, escuchando el tic-tac insoportable del reloj del hospital. Clara seguía en cuidados intensivos, inconsciente, y el médico me había repetido una y otra vez que “debía esperar”. Esa palabra ya me estaba matando.

—No puedes quedarte aquí para siempre, Aria —dijo Luca al amanecer, su voz grave, imperativa, sin espacio para discusión—. Necesitas descansar. El bebé necesita que estés calmada.

—No me pidas eso… —susurré, con la garganta ardiendo—. No puedo dejarla sola.

—Ya no está sola. Está en manos de los médicos. Tú no puedes hacer nada más —replicó, inclinándose hacia mí con esa mezcla de autoridad y frialdad que lo hacía tan insoportable como inevitable—. Vas a venir conmigo.

Quise protestar, quise gritarle, pero la verdad era que ya no tenía fuerza
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