La mañana llegó sin piedad, con un cansancio que pesaba sobre mis huesos y un nudo de angustia en el pecho que no me permitía respirar con calma. No había dormido nada; había pasado la noche entera en la sala de espera, abrazada a mi dolor, escuchando el tic-tac insoportable del reloj del hospital. Clara seguía en cuidados intensivos, inconsciente, y el médico me había repetido una y otra vez que “debía esperar”. Esa palabra ya me estaba matando.
—No puedes quedarte aquí para siempre, Aria —dij