El frío del cañón en mi sien me paralizó por un instante. Mi respiración se detuvo, como si el aire se negara a entrar en mis pulmones. El hombre encapuchado me susurró con un tono áspero y decidido:
—Muévete… y no intentes gritar.
El corazón me latía con tanta fuerza que podía escucharlo retumbar en mis oídos. Todo mi cuerpo temblaba, pero no era solo miedo. Había algo más, una furia que brotaba desde lo más profundo de mí. No iba a permitir que me arrastrara como si fuera una muñeca rota. No