El camino hacia el hospital fue una pesadilla que todavía siento vibrando en mis huesos. El auto avanzaba a toda velocidad, pero para mí cada semáforo, cada bocina, cada segundo era una eternidad insoportable. Tenía a Clara recostada contra mí, mis manos empapadas en su sangre tibia mientras intentaba detener el flujo con toda la fuerza de mis dedos. Sentía su abdomen contra mi palma, su respiración entrecortada, el débil gemido que escapaba de su garganta.
—Resiste, por favor, resiste… —le repetía con voz rota, como si esas palabras pudieran servir de venda o de escudo.
Marco, al volante, maldecía entre dientes, tocaba el claxon, abría paso como un demonio con ruedas. Yo apenas podía ver a través de mis lágrimas, el rostro de mi amiga parecía desdibujarse, y el miedo me apretaba el corazón con garras frías.
Cuando llegamos a emergencias, las puertas se abrieron de golpe y la arrancaron de mis brazos. El vacío que dejó en mi regazo fue insoportable. Un enfermero me sujetó por los homb