El silencio después de la tormenta era lo más insoportable. No era ese tipo de calma que traía paz, sino una que me quemaba los nervios y me obligaba a escuchar cada latido de mi propio corazón. Luca ya no gritaba, ya no rompía nada, ya no me miraba con esos ojos que parecían atravesar mis defensas. Simplemente se había encerrado en sí mismo, distante, frío, como si yo no existiera. Y esa indiferencia me dolía mucho más que cualquier insulto o ataque de rabia.
Caminaba por la mansión como un fantasma, apenas dirigiéndome la palabra. Cuando lo hacía, era en un tono seco, casi cortante, y la mayoría de las veces preguntaba por el embarazo. Otras veces solo lo oía hablar de negocios, como si necesitara refugiarse en ese mundo de violencia y control porque yo ya no era un refugio para él. Me sentía rota, culpable, como si le hubiera arrebatado lo único que le daba sentido a su vida. A veces lo miraba en silencio, queriendo abrazarlo, queriendo suplicarle que no me dejara, que no me odiara