El silencio después de la tormenta era lo más insoportable. No era ese tipo de calma que traía paz, sino una que me quemaba los nervios y me obligaba a escuchar cada latido de mi propio corazón. Luca ya no gritaba, ya no rompía nada, ya no me miraba con esos ojos que parecían atravesar mis defensas. Simplemente se había encerrado en sí mismo, distante, frío, como si yo no existiera. Y esa indiferencia me dolía mucho más que cualquier insulto o ataque de rabia.
Caminaba por la mansión como un fa