El silencio se prolongó como una cuerda que se tensaba demasiado y estaba a punto de romperse. Yo seguía mirándolo, buscando en sus ojos un gesto, una palabra, lo que fuera. Pero Luca parecía una estatua, rígido, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto que yo no alcanzaba a ver. Esa frialdad me heló la sangre más que cualquier grito.
—Luca… —susurré otra vez, como una plegaria.
Él finalmente respiró hondo, un aire áspero que parecía rasgarle los pulmones. Dio un paso atrás, como si necesi