El silencio se prolongó como una cuerda que se tensaba demasiado y estaba a punto de romperse. Yo seguía mirándolo, buscando en sus ojos un gesto, una palabra, lo que fuera. Pero Luca parecía una estatua, rígido, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto que yo no alcanzaba a ver. Esa frialdad me heló la sangre más que cualquier grito.
—Luca… —susurré otra vez, como una plegaria.
Él finalmente respiró hondo, un aire áspero que parecía rasgarle los pulmones. Dio un paso atrás, como si necesitara distancia, como si mi sola presencia quemara. Su voz, cuando habló, fue tan baja y rasgada que apenas parecía la suya.
—Un hijo… mío.
Asentí, con el corazón encogido.
—Nuestro hijo.
Sus labios se torcieron en un amago de sonrisa amarga, cruel en su ironía.
—Y yo… sin saberlo. Ni siquiera… sin conocerlo. —Alzó la vista hacia mí, pero sus ojos eran vidrios fríos—. Me lo ocultaste. Me robaste a mi hijo, Aria.
El dolor en esas palabras me atravesó de lado a lado.
—No fue así, Luca. Yo traté… in