—¿Quién es Ciel? —la voz de Luca retumbó en mi pecho como un golpe seco.
Abrí los ojos sobresaltada, con la piel húmeda por el sudor y el corazón martillándome contra las costillas. La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz tenue de la lámpara junto a mi cama de hospital. Luca estaba inclinado sobre mí, demasiado cerca, con el ceño fruncido y esa intensidad en sus ojos que me taladraba como si quisiera arrancarme la verdad de adentro.
Sentí que la garganta se me cerraba. Una parte de mí quería soltarlo todo, gritarle que Ciel había existido, que había sido suyo, nuestro. Que lo había perdido entre mis brazos, en un llanto desgarrado que todavía me perseguía en pesadillas. Pero no podía. Si lo decía, si desenterraba ese secreto, abriría un abismo imposible de cerrar.
Así que me forcé a respirar hondo, a bajar la mirada y dejar que mi voz saliera temblorosa, quebrada, como si fuese producto del delirio.
—Nadie… —murmuré—. Solo fue un sueño. Una tontería.
Él no me cr