El alta me llegó más rápido de lo que esperaba, aunque las palabras del médico fueron claras y pesaban sobre mí como cadenas invisibles: reposo, nada de esfuerzos innecesarios, y mucho menos estrés. La herida de mi muslo aún ardía al menor movimiento y, aunque habían dicho que no dejaría cicatriz, yo sentía que me había marcado de una manera más profunda, como un recordatorio de lo cerca que había estado la muerte.
Luca me acompañó en silencio cuando salimos del hospital. No me dejó caminar sol