El día después del cementerio amaneció distinto. No por el sol que entraba entre las cortinas, sino por la atmósfera pesada que se había instalado en la mansión. Yo lo sentía en cada rincón, como si las paredes mismas me advirtieran que algo había cambiado. Luca ya no me dejaba ni respirar.
Me quitó el teléfono con una frialdad calculada, como si arrancarme ese objeto fuera la manera de quebrarme. Ordenó a los guardias que no me perdieran de vista, y lo más humillante: les dijo que me siguieran