56: Cadenas Invisibles

El día después del cementerio amaneció distinto. No por el sol que entraba entre las cortinas, sino por la atmósfera pesada que se había instalado en la mansión. Yo lo sentía en cada rincón, como si las paredes mismas me advirtieran que algo había cambiado. Luca ya no me dejaba ni respirar.

Me quitó el teléfono con una frialdad calculada, como si arrancarme ese objeto fuera la manera de quebrarme. Ordenó a los guardias que no me perdieran de vista, y lo más humillante: les dijo que me siguieran hasta cuando caminara por los pasillos. Yo no era su mujer, ni siquiera su prisionera. Era… su posesión. Una cadena invisible me apretaba el cuello cada vez que intentaba rebelarme.

Intenté enfrentarlo. Le grité que estaba exagerando, que su obsesión no tenía límites, que me estaba ahogando. Pero su mirada oscura me desarmó.

—No volverás a salir de esta casa —dijo, con voz baja, tan baja que me dio más miedo que un grito—. ¿Qué parte de que estás en peligro sola, no entiendes? Para colmo haces
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