Los días siguientes se volvieron una mezcla de ansiedad y sospechas. Mi cuerpo empezó a hablar más que yo: las náuseas matinales me golpeaban sin aviso, mi piel se sentía distinta, y a veces una fatiga extraña me arrastraba a la cama como si llevara una carga invisible. Yo lo sabía, o al menos lo intuía, pero no quería ponerlo en palabras. Decirlo en voz alta sería confirmar que el destino volvía a jugar conmigo.
Luca lo notó enseguida. Su mirada de halcón me seguía en cada gesto, en cada mano que me llevaba al vientre sin darme cuenta, en cada momento en que cerraba los ojos para controlar el mareo. Hasta que una mañana, mientras yo apenas podía sostenerme en pie, él me tomó del brazo y me enfrentó con esa brutalidad que me arrancaba la respiración.
—Vas a hacerte la prueba. Hoy mismo. —Su voz no admitía discusión, era una orden más que una petición.
Sacudí la cabeza, apretando los labios. El miedo me golpeaba más fuerte que sus palabras.
—No… aún no.
Él frunció el ceño, como si mi n