El silencio de mi habitación me resultaba insoportable. El eco de la pelea anterior todavía flotaba en mis oídos, pero en el pecho había otra clase de ruido: el peso de la memoria, de lo que no se olvida aunque pasen los años. Tomé el teléfono con manos temblorosas y marqué el número de Clara. No hablábamos desde hacía semanas, desde la muerte de Francesca. Yo había guardado silencio, no por desinterés, sino porque sabía que ella necesitaba su propio espacio para llorar.
—¿Aria? —su voz sonó más tranquila de lo que esperaba, como si hubiese logrado encontrar una frágil calma.
—Sí… soy yo —respiré hondo—. Perdóname por no llamarte antes. Sé que debí estar ahí, pero sentí que lo mejor era darte tiempo. No quería herirte con mi presencia cuando lo único que merecías era llorar en paz.
Hubo un silencio breve, seguido de un suspiro al otro lado de la línea.
—No estoy enojada contigo. —Su voz tenía grietas, pero no se quebraba—. Al contrario, ahora que lo pienso… creo que hiciste bien. Nece