El silencio de mi habitación me resultaba insoportable. El eco de la pelea anterior todavía flotaba en mis oídos, pero en el pecho había otra clase de ruido: el peso de la memoria, de lo que no se olvida aunque pasen los años. Tomé el teléfono con manos temblorosas y marqué el número de Clara. No hablábamos desde hacía semanas, desde la muerte de Francesca. Yo había guardado silencio, no por desinterés, sino porque sabía que ella necesitaba su propio espacio para llorar.
—¿Aria? —su voz sonó má