El alba llegó gris, con esa luz desvaída que hace que todo parezca más frío de lo que realmente es. Desde la ventana de mi habitación vi a los obreros entrando por la reja principal, cascos blancos, tablas al hombro, el eco metálico de los andamios trepando por la fachada como una telaraña nueva sobre una herida vieja. La casa aún olía a yeso fresco y pintura, y debajo de ese aroma estaba el rastro terco a pólvora que, por más que ventilaban, se negaba a irse. La mansión resistía, pero yo sentí