El silencio que quedó después de nuestra pelea fue más hiriente que sus gritos. Podía escuchar el eco de la puerta al cerrarse tras él, aún vibrando en las paredes como una advertencia muda. Luca se había marchado a su despacho con esa furia contenida que lo volvía más peligroso de lo que jamás admitiría. Y yo... yo permanecía sentada en el borde de la cama, con los dedos temblando mientras trataba de normalizar mi respiración, consciente de que cualquier movimiento en falso podía incendiar otr