El viaje hasta el Casino Diamante fue un infierno en cámara lenta. Las calles, normalmente bulliciosas, estaban desiertas, un silencio ominoso que solo rompía el rugido de nuestros motores. Las furgonetas de Silas, fantasmas negros en la noche, se pegaban a nosotros como una sombra letal. Yo no dije una palabra. Apretaba la empuñadura de mi pistola hasta que me dolían los nudillos, el presentimiento en mi pecho convertido ahora en una bola de hielo que me impedía respirar con normalidad.
Cuando doblamos la esquina y la fachada destrozada del casino apareció ante nosotros, el aire se me cortó. No era un simple ataque. Era una masacre. Cuerpos yacían esparcidos en la acera, algunos rostros conocidos de los hombres de mi padre, otros que identifiqué como los atacantes. Los cristales rotos del edificio brillaban como dientes afilados bajo la luz de la luna y los destellos de los vehículos de emergencia y la policía que empezaban a llegar. El olor a pólvora y humo era tan espeso que se me