El viaje hasta el Casino Diamante fue un infierno en cámara lenta. Las calles, normalmente bulliciosas, estaban desiertas, un silencio ominoso que solo rompía el rugido de nuestros motores. Las furgonetas de Silas, fantasmas negros en la noche, se pegaban a nosotros como una sombra letal. Yo no dije una palabra. Apretaba la empuñadura de mi pistola hasta que me dolían los nudillos, el presentimiento en mi pecho convertido ahora en una bola de hielo que me impedía respirar con normalidad.
Cuando