La paz de la burbuja que Silas y yo habíamos creado se quebró en el instante en que crucé el umbral de la mansión Moretti. Esperaba encontrarme con el silencio gélido de la desaprobación, o peor, con el interrogatorio implacable de mi madre después de descubrir con quién pasé la noche. Me armé de valor, preparada para enfrentar la tormenta familiar con la nueva armadura de mi determinación.
Pero la realidad fue otra.
La encontré a ella, a mamá, en el gran salón, no con los brazos cruzados y el ceño fruncido, sino paseándose de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja. Su rostro, normalmente una máscara de serena elegancia, estaba pálido, tenso. Gabriel estaba junto a la chimenea, su expresión sombría, ausente. El aire olía a crisis.
—¿Dónde está papá? —pregunté, dejando caer mis llaves en una mesa cercana. Mi voz sonó extrañamente alta en el silencio cargado.
Mamá colgó el teléfono y se volvió hacia mí. Sus ojos, esos ojos que todo lo veían, no mostraron reproche por mi ausenc