El aire dentro del almacén era un veneno espeso. Cada bocanada era una agonía, una mezcla de humo negro y calor que me raspaba la garganta y los pulmones hasta hacerlos sangrar. Tosiendo, con los ojos llorosos y cegados por las lágrimas y la ceniza, me aferré al brazo de Silas como si fuera el último salvavidas en un mar en llamas.
—No podemos quedarnos aquí —logré articular entre toses, mi voz era un chirrido áspero—. Este maldito lugar será nuestra tumba.
Silas, con la cara ennegrecida por el hollín y la chaqueta chamuscada, escaneó la habitación con una calma que bordea lo sobrehumano. Sus ojos ámbar, los únicos puntos de lucidez en aquel infierno, se detuvieron en un punto alto de la pared opuesta.
—Allí —dijo, su voz era un rumor por encima del crepitar de las llamas—. Esa ventana.
Miré hacia donde señalaba. Una pequeña abertura rectangular, con rejillas de ventilación, situada a casi dos metros del suelo. Parecía ridículamente pequeña, un ojo ciego en la pared que se derrumbaba.