El aire dentro del almacén era un veneno espeso. Cada bocanada era una agonía, una mezcla de humo negro y calor que me raspaba la garganta y los pulmones hasta hacerlos sangrar. Tosiendo, con los ojos llorosos y cegados por las lágrimas y la ceniza, me aferré al brazo de Silas como si fuera el último salvavidas en un mar en llamas.
—No podemos quedarnos aquí —logré articular entre toses, mi voz era un chirrido áspero—. Este maldito lugar será nuestra tumba.
Silas, con la cara ennegrecida por el