El aroma del café recién hecho y del tocino friendose comenzaba a llenar la cocina, una escena doméstica surrealista después del torbellino de la noche y el amanecer. Yo estaba sentada en la isla, observando a Silas moverse con su eficiencia habitual. Llevaba puesta su camisa, y cada vez que se inclinaba hacia la estufa, el recuerdo de sus manos en mi piel bajo la tela me provocaba un escalofrío. El aire entre nosotros era diferente, cargado de una nueva electricidad, de promesas susurradas y de un umbral cruzado.
Fue en ese momento cuando llamaron a la puerta.
Un golpe seco, autoritario, que resonó a través de la piedra de la casa como un disparo. Silas se quedó inmóvil, la espátula en la mano. Nuestras miradas se encontraron. No era un repartidor. Nadie que no fuera esperado llamaría así a esa puerta.
Él asintió hacia la sala, un gesto silencioso para que me quedara donde estaba. Cruzó la cocina y se dirigió a la entrada. Yo, desobedeciendo, me deslicé del taburete y me asomé al umb