La puerta se cerró con un golpe sordo y final, aislando el mundo exterior y el peso de la mirada de mi padre. El eco de sus pasos se desvaneció, dejando un silencio espeso y cargado en la sala. Las fuerzas me abandonaron y me dejé caer en el sofá más cercano, un mueble de cuero oscuro que pareció absorber todo el temblor que recorría mi cuerpo.
Silas se quedó de pie, observándome desde la distancia, su presencia una silueta calmante y a la vez perturbadora en la penumbra.
—¿Estás bien? —pregunt