Las horas siguientes a la partida de Luca fueron un vacío lleno de ecos. El silencio en la villa era distinto ahora; ya no era la calma tensa antes de la batalla, sino el suspenso malsano de un verdugo que afila su hacha a la vista del condenado. Ruggero parecía flotar, su satisfacción era una niebla tóxica que llenaba cada habitación. Yo me aferré a la certeza que había visto en los ojos de Luca. Aguanta. Era mi mantra, mi plegaria, el único aire en mi ahogo.
No fue hasta el atardecer cuando l