La habitación a la que me condujeron era, irónicamente, la más lujosa en la que había estado desde mi secuestro. Grandes ventanales con vistas a un jardín seco y, más allá, el brillo lejano del mar bajo el sol griego. La belleza era un insulto, un marco dorado para mi jaula. La debilidad me pesaba en los huesos, un mareo constante que amenazaba con devolverme al suelo. Sabía que mi primera batalla no sería por la libertad, sino por mantenerme consciente.
Poco después de encerrarme, llegó una m