La última cosa que recuerdo con claridad fue la sonrisa de Enzo. No era la sonrisa torpe del chico asustado que llegó a nuestra casa, ni la mueca de odio de la biblioteca. Esta era la sonrisa de un verdugo que ve cómo cae la hoja. Un destello de triunfo absoluto, y luego, la punzada fría de una aguja en mi cuello.
La oscuridad no fue inmediata. Fue un vórtice que se me llevó a rastras, un mareo nauseabundo donde los sonidos se distorsionaban y la luz se desvanecía en manchas borrosas. Sentí man