El regreso a casa fue un viaje silencioso, cargado no de tensión, sino de la pesada losa de lo que acabábamos de vivir. El olor a humo y pólvora parecía haberse incrustado en nuestra ropa, en nuestra piel. Massimo nos había informado rápidamente: milagrosamente, nadie había muerto, pero los heridos eran muchos. El mensaje de Ruggero estaba claro.
—No querían matarnos —dijo Luca, su voz un rumor grave mientras el auto se deslizaba por la verja de la mansión—. Era una advertencia. Un recordatorio