La mañana después del evento amaneció envuelta en un silencio inquietante. La mansión dormía tras la larga noche de lujo y sonrisas diplomáticas, pero yo no podía. Seguía con el vestido doblado sobre el sillón, observando el reflejo de la noche anterior en el espejo: la mujer que se había mantenido erguida, sonriente, poderosa… y que ahora sentía el corazón latiendo demasiado rápido.
Sabía que la calma, en nuestro mundo, era solo un preludio. Más ahora, que había retado de manera casi directa a