El reloj marcaba las nueve cuando me detuve frente al espejo. La habitación estaba bañada por una luz suave, dorada, que provenía de la lámpara de cristal sobre el tocador. La mansión entera se encontraba sumida en una vibración constante: pasos que resonaban por los pasillos, murmullos entre el personal, el repique distante de copas de cristal. Todo estaba en movimiento, como un organismo vivo preparándose para una noche que sería recordada.
Esa noche no era solo una cena. Era una declaración.