El mundo siguió girando como si nada, pero para mí los días pasaron lentos, pesados, cargados de silencios que parecían cuchillas. Una semana después de la caída de Greco, todavía podía escuchar en mis sueños el crujir de las paredes ardiendo, y ver su sombra deshaciéndose bajo la furia del fuego. Las noticias repetían la misma escena una y otra vez: imágenes de la mansión en ruinas, teorías de periodistas, políticos hablando de “ajustes de cuentas” y “la inevitable caída de un imperio criminal