El amanecer en el hospital tenía un peso distinto al de cualquier otro día. El aire olía a desinfectante y a esperanza quebrada, como si los muros mismos respiraran la angustia de todas las familias que habían esperado allí. Yo era una de ellas, atrapada en esa sala blanca que parecía ajena al tiempo, con las manos entrelazadas a las de Clara como único ancla. Ella había llegado temprano apenas la contacté para avisarle que ya tenía a mi hijo.
Gabriel ya estaba en quirófano. Valentina también.